El teletrabajo se ha convertido en uno de los aspectos distintivos de esta nueva realidad laboral post coronavirus​. Una medida excepcional, obligada por las circunstancias y favorecida por la tecnología, que en determinados sectores podría convertirse en norma. ¿Cuál es el origen de esta forma de trabajo?

En realidad, si echamos la vista (muy) atrás, el trabajo desde casa ha sido más la norma que la excepción. Al igual que la revolución digital ha propiciado la expansión del teletrabajo, la revolución agrícola del neolítico, ocurrida hace unos 10.000 años, permitió que las sociedades de cazadores-recolectores dejaran de desplazarse en busca de alimento y pudieran cultivarlo o criarlo en sus casas.

Con el desarrollo de los asentamientos humanos, aumentó la división y especialización del trabajo. Los grupos sociales empezaron a diferenciarse, entre otros aspectos, según su oficio. Sin embargo, salvo excepciones –arrieros, trashumantes, vendedores ambulantes, pescadores...–, la mayor parte de los trabajadores desempeñaban su labor en el ámbito doméstico: granjas, talleres, comercios, palacios, edificios religiosos...

De hecho, los oficios que implicaban cierto nomadismo no estaban bien vistos. Incluso se llegó a discriminar a quienes lo desempeñaban, como en España a los maragatos (León), pasiegos (Cantabria), vaqueiros (Asturias)...

El teletrabajo no es algo nuevo, aunque se impuso con la cuarentena por el coronavirus. /Foto: Shutterstock.

Con el comienzo de otra revolución, la industrial, el sistema productivo se transformó por completo. Ya no era el comerciante el que iba a casa del artesano a por las manufacturas, sino el artesano el que se trasladaba a la “casa” del comerciante, a la fábrica, para trabajar en ella.

Ante la imposibilidad de competir con la producción en masa, gran parte del artesanado no tuvo más remedio que transformarse en obrero asalariado. Junto a ellos se incorporó una numerosa mano de obra sin cualificar, principalmente campesinos empobrecidos que se trasladaron del campo a los centros industriales. Había nacido el proletariado.

En la primera mitad del siglo XX, el desarrollo de la sociedad de consumo generó una mayor variedad de profesiones, permitiendo el crecimiento de la clase media urbana. El mercado laboral se diversificó y estratificó como nunca. Sin embargo, la mayoría de los empleados seguían teniendo algo en común: trabajaban fuera de casa. Unos salían de sus viviendas para ir a las fábricas o a las explotaciones industriales, y otros se trasladaban al centro de las ciudades, donde se ubicaban las oficinas y los establecimientos comerciales.

Un operador de la Bolsa de Nueva York, en jeans y remera trabajando desde su casa, semanas atrás, en medio de la cuarentena por el coronavirus. /AP

Fuera de este sistema quedaron pocos. La mayoría eran pequeños comerciantes o profesionales liberales (artistas, abogados, médicos, arquitectos), que tenían el taller, la tienda o el despacho en su vivienda. Asalariados que tradicionalmente habían vivido en su lugar de trabajo, como maestros, clérigos, criados o porteros de edificios, fueron poco a poco residiendo en su propia vivienda.

Las primeras “teletrabajadoras”

En la mayor parte de los hogares occidentales de la segunda mitad del siglo XX solo quedaron las amas de casa. Algunas, ya fuera por necesidad o interés (muchas mujeres habían sido expulsadas del mercado laboral tras haberse incorporado a él durante la Segunda Guerra Mundial), decidieron compaginar sus labores hogareñas con trabajos remunerados.

Los empleos más habituales tenían que ver con las propias habilidades domésticas: coser y planchar, principalmente. Otros implicaban algún tipo de formación diferente: mecanografía, peluquería, clases particulares... La mayoría eran trabajos esporádicos practicados al margen de la economía oficial.

También existía un tipo de empleo muy popular –y bastante precario– que aún sigue funcionando: el de las manualidades. Empresas que pagan a trabajadores para que, desde sus casas, ensamblen bijouterie, armen bolígrafos, metan cartas en sobres, monten cajas (como las de pizza que aparecen en la reciente película Parásitos).

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Fue en este contexto doméstico donde surgió un novedoso método de trabajo: la venta desde casa. Empresas como la popular Tupperware implementaron con gran éxito un sistema de ventas por demostración articulado a través de las conocidas como party plan, reuniones organizadas por una “anfitriona” en su casa, donde presentaba y vendía los productos a su círculo social. Aunque en la actualidad la figura de la “anfitriona” se ha desligado de la vendedora (que se desplaza a otras casas), en los inicios, durante los años cincuenta, solían ser la misma persona.

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Crisis del petróleo

“Teletrabajo” (telecommuting, en inglés) fue un término acuñado por el ingeniero de la NASA Jack Nilles. La idea surgió como respuesta a la escasez de combustible que se produjo en Estados Unidos en 1973 por el embargo de petróleo decretado por los exportadores árabes a los países que apoyaban a Israel en la guerra de Yom Kipur.

En su pionero estudio Telecommunications-Transportation Tradeoff (1976), Nilles sostenía que “si uno de cada siete trabajadores no tuviera que desplazarse a su sitio de trabajo, Estados Unidos no tendría la necesidad de importar petróleo”.

A partir de esa crisis, el teletrabajo estuvo muy presente en el debate público. En 1979, The Washington Post publicó el influyente artículo “Working at Home Can Save Gasoline”, en el que se trataba esta cuestión. A las ventajas relacionadas con el ahorro y la menor dependencia energética, los defensores del teletrabajo agregaron otras: reducción de atascos, revitalización social y comercial de los barrios residenciales o ciudades dormitorio, favorecimiento de la conciliación laboral-familiar y, por tanto, del acceso de la mujer al mercado laboral (la cuestión de la paridad aún estaba en pañales), disminución de la contaminación...

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Sin embargo, también hubo voces en contra. Los sindicatos temían que los empresarios utilizaran el teletrabajo para reducir salarios, alargar la jornada laboral y eludir los costos sociales a través de la contratación de (falsos) autónomos. La patronal, por su parte, veía con buenos ojos el ahorro que implicaba la reducción de infraestructuras, pero desconfiaba de la falta de control físico sobre el empleado, tanto para incentivarlo como para disciplinarlo.

Debates de ayer y de hoy

Como vemos, estos argumentos son prácticamente idénticos a los que se están debatiendo en el presente. Aunque con una gran diferencia: una parte del escepticismo que generaba el teletrabajo durante sus inicios estaba motivado por la precariedad de los sistemas de almacenamiento de información y telecomunicacionesque existían.

A pesar de esas limitaciones, algunas compañías estadounidenses, como IBM, American Express o General Electric, se lanzaron a experimentar con el trabajo remoto en los 80. Una década más tarde, con la expansión de Internet y las computadoras personales, el teletrabajo empezó a considerarse como una alternativa viable al trabajo presencial.

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Los gobiernos comenzaron a implementarlo en sus propias administraciones y a promoverlo como parte de los planes para fomentar la conciliación de la vida personal y laboral (en España, el Plan Concilia de 2005).

En la actualidad, coincidiendo significativamente con otra crisis global, podrían hacerse realidad las previsiones elaboradas por Jack Nilles hace casi medio siglo. El experimento ya está hecho. Gran parte del mundo está o ha estado teletrabajando durante varias semanas. Ahora es el momento de analizar los resultados. ¿Formará parte el teletrabajo de la esperada “nueva normalidad”?

Por Carlos Joric

Fuente: Diario Clarín >> lea el artículo original