Hotel Crown Plaza, domingo 17 de enero de 2010. Por primera vez desde 1958, un presidente de una coalición de derecha es electo presidente de Chile: Sebastián Piñera. A la derecha le costó, exactamente, 20 años sacudirse del peso de la dictadura de Augusto Pinochet​, donde varios de sus miembros fueron colaboradores civiles.

Fue otra, de las tantas veces, que se habló del “fin de la transición chilena”, un período de gobiernos de centro izquierda que administraron el modelo económico de la dictadura y le agregó reformas sociales.

Hasta la muerte del dictador, fue una etapa de tensiones con el ejército y negociaciones. “En la medida de lo posible”, acuñó el ex presidente Aylwin, evidenciando la necesidad de caminar con cuidado por la incipiente democracia, con tal de no retroceder a enclaves autoritarios.

Sin embargo, el primer mandato de Piñera –marcado por el terremoto de 2010, el rescate de los mineros y la revuelta estudiantil del 2011- siguió la línea de libre mercado y reformismo de sus antecesores.

'Piñera quiere presentarse como el quinto presidente de la Concertación', señaló el ex ministro de Michelle Bachelet​, Sergio Bitar.

La Constitución, heredada de Pinochet, cuya mayor reforma fue generada por el expresidente Ricardo Lagos, se mantuvo vigente y la apatía política mostró una disminución en la participación electoral, particularmente en las nuevas generaciones.

“Como todo funcionaba, o aparentaba funcionar, uno seguía. Si total había que levantarse a trabajar igual todos los días y esto parecía estar ordenado”, comenta a Clarín Sergio Jofré, desde su puesto de venta de periódicos en Santiago Centro.

Las protestas se iniciaron por un aumento del boleto de subte en Santiago y se extendieron a otra serie de reclamos. /REUTERS

Desigualdad y reformas

En estricto rigor, los números macroeconómicos eran categóricos. Según el Banco Mundial y la CEPAL, la pobreza disminuyó de un 39% al 8,6%; la pobreza extrema del 13% al 2%, el ingreso base del 10% más pobre aumentó un 439%; el PBI per cápita se acercó a 25.000 dólares; el agua potable en la ciudad llegó al 99,8% y en los sectores rurales a un 94%; entre otros datos. Según el índice de desarrollo humano de la ONU, el país trasandino lidera el ránking, lo que le valió convertirse en el primer país sudamericano en ingresar a la OCDE, el llamado “club de los países ricos”.

A pesar de lo anterior, ya en 2015, con el arribo de Michelle Bachelet a su segundo mandato, los síntomas de la desigualdad estructural del país, tanto en el trato como en ingresos, se comenzaron a hacer evidentes. Producto de ese diagnóstico, Bachelet impulsó reformas sociales en educación, redistribución tributaria y laboral. Los mercados no reaccionaron bien y el crecimiento se vio fuertemente mermado. Si bien la mayoría de los chilenos compartía el diagnóstico de las deficiencias, con el pasar de los meses cada una de las reformas tuvo mayor rechazo que apoyo, acorde a la encuesta CADEM.

Las reformas sociales que implementó Michelle Bachelet durante su mandato en Chile no cayeron bien a los mercados financieros. /REUTERS

Un escándalo de presunto tráfico de influencias, por parte de su hijo, mermó su popularidad. Situación de la que no se pudo recuperar. La promesa de retomar el crecimiento y dar marcha atrás a las reformas otorgaron un categórico triunfo a Sebastián Piñera nuevamente en 2017, el más holgado de la historia de la derecha chilena.

'Un gobierno anti empresa como habría sido el de (Alejandro) Guillier opacaba los instintos animales y genera un sentimiento depresivo, como un país latinoamericano de segunda', expresaba el empresario y mecenas de la liberal Fundación Para el Progreso el día después del triunfo, haciendo evidentes las expectativas de la élite económica.

Sin embargo, la tensión entre mayores cuotas de justicia social y las cifras macroeconómicas se hacía evidente en 2018. Una sensación que no pudo ser canalizada a tiempo por las instituciones, las que se quedaron gozando los logros obtenidos.

El presidente Sebastián Piñera convocó días atrás a un plebiscito sobre la reforma de la Constitución heredada del régimen de Pinochet, una de las principales demandas de la población. /DPA

“El desarrollo económico viene con nuevas tensiones, con nuevos problemas y con nuevas complejidades (…) En el caso chileno nosotros llevamos moviéndonos de una forma social que era principalmente estamentaria a una forma social que es más democrática. Y esas tensiones, si las instituciones no son reformadas a tiempo comienzan a acumularse y luego basta una chispa para que explote” explicaba días atrás el antropólogo social Pablo Ortúzar a Clarin.

El estallido de octubre

16 de octubre de 2019. Los saltos de los molinetes del metro anuncian un nuevo movimiento social. Dos días después, Santiago arde con el sonar de ollas y cucharas de palo haciendo eco en cada rincón. La falta de crecimiento económico, anunciado por Piñera como promesa de campaña, más la sensación de que el desarrollo no llegó a todos, incubaron un malestar que desbordó cualquier análisis previo. “Seguir, avanzar, hasta que la dignidad se vuelva costumbre”, versaban las pancartas en Plaza Italia. El resto de la historia, reciente, conocida y aún en desarrollo.

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Una Nueva Constitución ha sido una de las vías que se ha determinado para salir de la crisis. Con ello se pondrá, eventualmente, fin a la Constitución de 1980: la constitución que dio marco y rigió la transición. La nueva etapa se funda en un nuevo pacto político y social, la carta fundamental es el lugar elegido para plasmarlo: “Es primera vez que lo haremos nosotros, el pueblo”, dice Laura Pérez en avenida Santa Rosa, poco antes de subir al colectivo.

“De plebiscito a plebiscito”, señala Arturo López mientras camina por Parque Bustamante. “Con uno sacamos a Pinochet, con el otro su Constitución”, agrega. Treinta años entre uno y otro. Treinta años de un proceso protagonizado por prácticamente los mismos actores, los que comienza a ver la irrupción de nuevas generaciones.

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La década deja atrás al Chile que generó riqueza y estabilidad. Tres décadas después del inicio de ese periodo, con las instituciones en crisis, el país ha optado por cambiar su forma de relacionamiento y trato, al menos en el papel. Convocó a un proceso participativo y democrático. Será el futuro el que dirá cuál fue el resultado.

Se pone fin al más próspero periodo –de acuerdo a todos los índices- de la historia reciente del país y también a sus reglas del juego, la Constitución. Con ello se abre paso a la búsqueda de que dicha prosperidad penetre con fuerza –y justicia- en todos sus habitantes. La siguiente década lo escribirá.

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Fuente: Diario Clarín >> lea el artículo original